La naturaleza de la intuición: Eugène Dubois

"Eugène Dubois, por cuarto día consecutivo, despidió a su última visita más tarde de las nueve de la noche. Estaba siendo un duro invierno en Ámsterdam y sus pacientes parecían empeorar aún más en la minúscula consulta, fría y árida, en el 7 de la calle Rokin. Nacido en Eijsden un año antes de que Charles Darwin publicase El origen de las especies, el médico holandés parecía ser ajeno a la convulsa situación política de una Europa que veía cómo sus viejas fórmulas comenzaban a caer en desgracia. Tampoco la medicina satisfacía sus inquietudes. Las clases en la Universidad de Ámsterdam eran cada vez más tortuosas, plagadas de alumnos en estado de provisionalidad. La verdadera atracción de Dubois residía en la anatomía. Desde ella se alzaba para imaginar cómo había sido el proceso de construcción de la especie humana. Sintió indiferencia por Malthus, pero quedó atrapado en la teoría de la recapitulación de Ernst Haeckel. A partir de ésta, comenzó a pensar.
Tras dos años de intensas peleas con la burocracia castrense, Dubois desembarcó en Sumatra en 1887, visiblemente molesto con el destino. Nada tenía que hacer en Sumatra más que admirar el horrible espectáculo del chancro extendiéndose entre la tropa. Dieciocho meses anduvo Dubois buscando el modo de burlar sus responsabilidades médicas, además de negociar con todas las autoridades y los potentados hombres de negocios locales una financiación para sufragar la expedición. En aquella húmeda isla nadie parecía entender nada de huesos, ni de humanos, ni de evolución. Las negociaciones fracasaron. Dubois fue considerado un simpático científico loco, inofensivo y delirante. Y cuando parecía que todo saldría definitivamente mal, contrajo malaria. Se previeron tres meses de cama y todas las esperanzas perdidas. Sin embargo su recuperación fue sorprendentemente corta y aún pudo disfrutar de un mes y medio de baja en los cuales la VOC correría con todos sus gastos personales. Siguió insistiendo acerca de la financiación del proyecto y quizá por no verle más por las oficinas y quitárselo de en medio al menos unos meses, el dinero llegó. Pero nadie confiaba en él. ¿Qué podría encontrar en una isla como Java?. Es más, si se confirmaba que el origen de la especie estaba allí, muchos se decepcionarían. ¿El hombre en una isla de monos?. Era imposible, y lo que es peor, impensable.
Una mañana de marzo de 1889 el médico holandés desembarcaba en Batavia. Inmerso en un ataque de ansiedad, el prefecto local le presentó a los dos ingenieros que trabajarían con él. Más tarde conocería a los 50 ex convictos, todavía en trabajos para la comunidad, que abrirían las zanjas. El ataque de ansiedad se multiplicó. Partieron hacia el río Solo, en el centro geográfico de la isla. Buscaron allá donde Dubois creía que podría haber algo. No encontraron nada. La moral del médico empezó a flaquear. Nunca había estado allí antes, no tenía ninguna noción de arqueología, no sabía qué estaba buscando ni que aspecto tendría el primer humano. Pensó qué era lo que le había llevado a defender esta empresa. ¿Una intuición?, ¿un sueño?, ¿una visión?, ¿una revelación o quizá la acuciante necesidad de salir de Ámsterdam para convertirse en un explorador y cumplir lo que de niño se prometió a sí mismo tantas veces?. Se sentía cada vez peor. Resolvió concederse siete días de búsqueda. Los ingenieros no lo rechazarían: era lo mejor que podían hacer y lo más excitante que habían visto en años. Y los ex convictos no diferenciaban entre eso y picar piedras en cualquier otro lugar de la isla.
El segundo día amaneció gris, con nubes plomizas. Dubois salió de su cabaña una hora antes de que todos los demás se despertasen. Anduvo seis o siete kilómetros sin dirección aparente ni intencional. Se sintió cansado y paró. Miró a su alrededor, descubrió una vaguada y, como si estuviese teledirigido, descendió. Empezó a cavar absolutamente fuera de sí y lo encontró: un cráneo alargado, sin frente ni mentón y con una poderosa moldura convexa sobre los ojos. Dubois, en plena catarsis, rompió a llorar expulsando la rabia que le había provocado la incredulidad, la de los demás y la que él mismo se había profesado. El cráneo de Dubois quitaba de un tirón el telón polvoriento de la evolución. Lo llamó Pitecanthropus erectus, el hombre mono erguido, aquél que había confirmado que la naturaleza de la intuición de Dubois había sido correcta, quizá impulsada por un plan del Artesano, probablemente fruto de la más estricta casualidad, o, como creyó el propio Dubois, producto de un mundo onírico que, a partir de esa mañana en Trinil, contaba con el mayor crédito que jamás le dio ningún hombre, incluido el erectus que soñó que un día cualquiera alguien recogería su cráneo de las profundidades de la tierra."
I. Ampudia de Haro

1 Comments:
Algo puede pasar en Terrassa el 26 de abril de 2007.
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