sábado, septiembre 23, 2006


Dime que he llegado en el momento adecuado



"La tarde pasa entre el tedio y la confianza de haberlo dejado todo hecho. Sin mayores pretensiones decides coger un disco del estante. La casualidad quiso que fuese "The Animal Years", de Josh Ritter, un disco que decidiste comprar movido por la buena impresión que te dejó "Hello Starling". Probablemente sea la segunda vez que escuchas este disco, y tal vez no esperas mucho de él... a fin de cuentas no esperas mucho de nada de lo que pueda ocurrir a lo largo de lo que queda del día.

Y entonces, mientras un tímido rayo de sol entra por la ventana, comienzan a sonar los delicados arpegios de "Girl in the war", para comenzar un crescendo folk en el que nada parece fallar. Discurre así la tarde, y con ella "The Animal Years", sin sobresaltos, sin nada rompa la apacible tranquilidad que reina en el cuarto y en tu corazón, entre relatos de Egipto y de Idaho, de búsquedas y abandonos en la oscuridad, y de lo sencillas que son la cosas en ocasiones, y casi sin percatarte llega "Thin Blue Flame", ese enorme alegato que habla de la historia del mundo, del hombre, de la guerra y de la fe, y de como cada uno necesitamos una casa que sea un verdadero hogar.

Lo ultimo que Josh Ritter te pregunta es si ha llegado en el momento adecuado, y tanto él como tu sabéis que así es. Con un movimiento lento decides entonces volver a pulsar el play del reproductor, y seguir la tarde como empezó, entre el tedio y la confianza."

R. Quintana Heras

jueves, septiembre 21, 2006


La naturaleza de la intuición: Eugène Dubois



"Eugène Dubois, por cuarto día consecutivo, despidió a su última visita más tarde de las nueve de la noche. Estaba siendo un duro invierno en Ámsterdam y sus pacientes parecían empeorar aún más en la minúscula consulta, fría y árida, en el 7 de la calle Rokin. Nacido en Eijsden un año antes de que Charles Darwin publicase El origen de las especies, el médico holandés parecía ser ajeno a la convulsa situación política de una Europa que veía cómo sus viejas fórmulas comenzaban a caer en desgracia. Tampoco la medicina satisfacía sus inquietudes. Las clases en la Universidad de Ámsterdam eran cada vez más tortuosas, plagadas de alumnos en estado de provisionalidad. La verdadera atracción de Dubois residía en la anatomía. Desde ella se alzaba para imaginar cómo había sido el proceso de construcción de la especie humana. Sintió indiferencia por Malthus, pero quedó atrapado en la teoría de la recapitulación de Ernst Haeckel. A partir de ésta, comenzó a pensar.

La VOC (Compañía de las Indias Orientales), fundada en 1602 como materialización del poder burgués neerlandés, constituía una suerte de estado independiente, con sus propios códigos de conducta y una amplia libertad para actuar con el exclusivo fin de explotar el comercio. Por ello no fue casual que una compañía de comercio fundase un emplazamiento colonial en las islas de Asia sudoriental, las Indias Orientales holandesas. La base se estableció en Batavia, en la cara norte de la isla de Java. En 1885 Dubois decidió que no soportaba Ámsterdam y solicitó una plaza de médico en el ejército holandés destacado en las Indias Orientales. En su mente no estaban las armas ni las conquistas ni las grandes batallas por el control del comercio en aquellos mares. Dubois tenía una intuición, una fuerte intuición que no podía silenciar. Era un lugar común entre la comunidad científica de finales del XIX que las islas orientales habrían sido el perfecto escenario para el nacimiento y desarrollo de la especie humana. Ningún dato fiable podía confirmar la sospecha sino que más bien parecía una construcción romántica, un retorno al paraíso perdido, hundido ahora entre los muros de las fábricas y de los nuevos barrios que emergían en las ciudades europeas.


Tras dos años de intensas peleas con la burocracia castrense, Dubois desembarcó en Sumatra en 1887, visiblemente molesto con el destino. Nada tenía que hacer en Sumatra más que admirar el horrible espectáculo del chancro extendiéndose entre la tropa. Dieciocho meses anduvo Dubois buscando el modo de burlar sus responsabilidades médicas, además de negociar con todas las autoridades y los potentados hombres de negocios locales una financiación para sufragar la expedición. En aquella húmeda isla nadie parecía entender nada de huesos, ni de humanos, ni de evolución. Las negociaciones fracasaron. Dubois fue considerado un simpático científico loco, inofensivo y delirante. Y cuando parecía que todo saldría definitivamente mal, contrajo malaria. Se previeron tres meses de cama y todas las esperanzas perdidas. Sin embargo su recuperación fue sorprendentemente corta y aún pudo disfrutar de un mes y medio de baja en los cuales la VOC correría con todos sus gastos personales. Siguió insistiendo acerca de la financiación del proyecto y quizá por no verle más por las oficinas y quitárselo de en medio al menos unos meses, el dinero llegó. Pero nadie confiaba en él. ¿Qué podría encontrar en una isla como Java?. Es más, si se confirmaba que el origen de la especie estaba allí, muchos se decepcionarían. ¿El hombre en una isla de monos?. Era imposible, y lo que es peor, impensable.


Una mañana de marzo de 1889 el médico holandés desembarcaba en Batavia. Inmerso en un ataque de ansiedad, el prefecto local le presentó a los dos ingenieros que trabajarían con él. Más tarde conocería a los 50 ex convictos, todavía en trabajos para la comunidad, que abrirían las zanjas. El ataque de ansiedad se multiplicó. Partieron hacia el río Solo, en el centro geográfico de la isla. Buscaron allá donde Dubois creía que podría haber algo. No encontraron nada. La moral del médico empezó a flaquear. Nunca había estado allí antes, no tenía ninguna noción de arqueología, no sabía qué estaba buscando ni que aspecto tendría el primer humano. Pensó qué era lo que le había llevado a defender esta empresa. ¿Una intuición?, ¿un sueño?, ¿una visión?, ¿una revelación o quizá la acuciante necesidad de salir de Ámsterdam para convertirse en un explorador y cumplir lo que de niño se prometió a sí mismo tantas veces?. Se sentía cada vez peor. Resolvió concederse siete días de búsqueda. Los ingenieros no lo rechazarían: era lo mejor que podían hacer y lo más excitante que habían visto en años. Y los ex convictos no diferenciaban entre eso y picar piedras en cualquier otro lugar de la isla.

El segundo día amaneció gris, con nubes plomizas. Dubois salió de su cabaña una hora antes de que todos los demás se despertasen. Anduvo seis o siete kilómetros sin dirección aparente ni intencional. Se sintió cansado y paró. Miró a su alrededor, descubrió una vaguada y, como si estuviese teledirigido, descendió. Empezó a cavar absolutamente fuera de sí y lo encontró: un cráneo alargado, sin frente ni mentón y con una poderosa moldura convexa sobre los ojos. Dubois, en plena catarsis, rompió a llorar expulsando la rabia que le había provocado la incredulidad, la de los demás y la que él mismo se había profesado. El cráneo de Dubois quitaba de un tirón el telón polvoriento de la evolución. Lo llamó Pitecanthropus erectus, el hombre mono erguido, aquél que había confirmado que la naturaleza de la intuición de Dubois había sido correcta, quizá impulsada por un plan del Artesano, probablemente fruto de la más estricta casualidad, o, como creyó el propio Dubois, producto de un mundo onírico que, a partir de esa mañana en Trinil, contaba con el mayor crédito que jamás le dio ningún hombre, incluido el erectus que soñó que un día cualquiera alguien recogería su cráneo de las profundidades de la tierra."


I. Ampudia de Haro

miércoles, septiembre 20, 2006

Editorial


"Siempre has querido decir con palabras aquello que no puede ser dicho, un pedazo de viento que azota una sonrisa que te asoma de repente, el sol que sale por detrás mientras miras esa luna a la que tanto pediste, los ojos que te miraban el rojo de tus mejillas.

Siempre has querido decirle que explotabas por dentro, que harías todo el camino para saber qué estaba soñando, que aquella canción, aquella escena, aquel cuadro hablaba de vosotros. Nunca supiste. Nunca lo intentaste.

Nunca has podido decir con palabras por qué esos acordes te hacían pertenecer, te hacían estar en el sitio adecuado tan sólo un instante, y que eras tú, que sólo querías hacer justicia a semejante impresión.

Siempre has querido compartir qué hizo que sintieras que aquel personaje hablara por ti, que tú eras los colores que bailaban en el lienzo, el trazo tranquilo de sentirse vivo.

Siempre has querido decir con palabras por qué llorabas con aquel capítulo de aquel libro, por qué gritabas en el silencio de las letras impresas, de los fotogramas gigantes, de los violines y los pinceles y las estatuas.

¿Siempre has querido? "