Desvíos de la naturaleza




La velada transcurre tranquila, sin sobresaltos. Nadie tiene ganas de hablar hoy. Sólo T, arrimado descaradamente a la botella de Borgoña, parece contento. Esboza una sonrisa por encima de su hombro que va a parar a M, la dueña de los pies que le acarician bajo la mesa.
Silencio.
Para la ocasión, S ha decidido poner la mantelería azul que le regaló su abuela cuando se casó. Fotogramas de la boda pasan ante sus ojos cansados: la banda de música; las manos que le temblaban, quizá presagiando lo que le aguardaría años más tarde; el pastel más grande que había visto jamás… Pronto, su mirada desenfocada se desvía al azul del mantel, buscando sin éxito una mancha o un grupito de migas en que fijar su atención.
A mira hacia abajo, apoyando su mentón en un espacio invisible próximo al hueco que hay entre el cuello y el escote. No se atreve a mirar a P, no después de lo que pasó anoche. P, a su vez, aprovecha para alcanzar a L la fuente de roastbeef y así mirar de reojo – dichoso rabillo- a A. Qué guapa está esta noche, qué bien le sienta esa blusa de flores que le deja al descubierto los hombros. Cómo siente no habérselo dicho antes, aquella noche hace cinco años, en que decidió, aún no sabe por qué, cambiar el “te quiero” por el “me caso”. Piensa en HG Wells y en su máquina del tiempo, en la imposibilidad de retroceder.
Está tan ensimismado que no se percata de que M le está pidiendo la panera. Lo que no sabe es que M no quiere pan, que lo que quiere es romper el hielo, acabar con ese terrible silencio que les amenaza, convertir la cena en una cena, falsificar la verdad, cubrir la farsa con una tela transparente que les haga de inmediato perder su opacidad. Quiere las risas del principio, los chistes y los cotilleos. Quiere que a la pobre S le desaparezcan las bolsas oscuras bajo los ojos. Quiere que P la quiera y querer a P. Quiere que acabe el juego con T, que dejen de perseguirse y de dormir juntos dos veces por semana; las mismas noches que S, aun con media docena de pastillas, no logra conciliar el sueño, consciente ya de que su marido no está de viaje de negocios. Ha visto los tickets de la cafetería de un hotel del centro – ocho euros los dos desayunos completos – en el bolsillo de la chaqueta gris de T cuando ha ido a llevarla al tinte, y en ese momento, frente al empleado, un torrente de lágrimas le ha cubierto la cara y se la ha cambiado por la que tiene ahora, presidiendo la mesa a su pesar.
La botella de Borgoña se acaba y T va a buscar otra. La abre en la cocina y se pone un vaso que bebe de golpe. Al volver se ha convertido en un dragón de ojos sanguinolentos que escupe fuego por la boca. O así lo ve el invitado que acaba de estrenar su plato y se dispone a servirse una copa de vino. Ha decidido proponer un brindis para que la solidez que pesa sobre ellos se torne en algo respirable. Lo que aún no sabe es por qué brindar. Aunque parece ajeno a todo lo que está pasando sobre y bajo la mesa, es el único que conoce los entresijos de las historias cruzadas de los invitados, el único que sabe entrar y salir del laberinto. Pensando que con unas cuantas copas encima podrá improvisar un discurso, deja cada vez menos espacio entre el final de una y el principio de otra.
A levanta la cara hacia L, que está frente a ella, y le dice, por decir algo, que el otro día vio a su madre en una tienda, que qué casualidad, que ella no suele ir por ese barrio y que la primera vez que va se encuentra con su madre.
Al momento F, que está al lado de A, le explica que la madre de su mujer se pasa las tardes de tiendas y que nunca compra nada. M, que lo oye, sonríe – alguien tiene que hacerlo- y T, delatándose, echa una bocanada de aliento alcoholizado al soltar una carcajada desmesurada – el dragón está aumentando de tamaño progresivamente- y coge la mano de M en lugar de la botella de vino que está justo al lado. Esta se suelta en el acto e intenta disimular ahuecándose el pelo con los dedos.
Todo ha pasado en cuestión de segundos, pero al no haber otro punto de interés hacia el que mirar, los 12 ojos restantes se clavan indudablemente en la pareja protagonista: el dragón semiinconsciente y la ruborizada M que no sabe dónde meterse.