“Warren Hill miró hacia ambos lados, y tras pagar 75 centavos por el acetato que tenía entre sus manos, salió de aquel lugar lo antes que pudo. Bajo rápidamente por las angostas escaleras que conducían al metro. El sudor de su frente le delataba, pero nadie parecía reparar en su presencia. Tras pasar la noche entera sin dormir en aquel motel barato de la calle Fordham, recogió todas sus cosas rápidamente a primera hora de la mañana, sin dejar de mirar nunca a la delgada bolsa negra que había encima de la cama y de la que no se había despegado ni un solo momento a lo largo de las últimas trece horas, y se fue de allí, despidiéndose de manera escueta del propietario del motel. Durante la hora que tardó en llegar al aeropuerto internacional JFK, no dejó de mirar a su alrededor con nerviosismo, abrazando con fuerza el preciado artículo con el que por la más absoluta casualidad se había hecho la tarde anterior. Pagó el billete de avión al contando, soltando con su mano temblorosa los 117,40 dólares americanos, tasas e impuestos incluidos, sobre el mostrador, y se apresuró a ponerse en la cola para embarcar. Las dos horas que tardo en llegar al aeropuerto Trudeau de Montreal fueron eternas. Warren sólo miraba por la ventanilla, repiqueteando con su pie derecho sobre el suelo, absorto en un único pensamiento, en el de explorar los secretos del tesoro que acababa de encontrar y que llevaba casi cuarenta años oculto. Nada más bajar del avión corrió hacia la parada de taxi, sin reparar en que olvidaba su equipaje, y una vez dentro del taxi sólo repetía incesantemente: - «Calle Stanley, deprisa, calle Stanley».
Al llegar al portal, Warren no acertaba a introducir la llave por la cerradura, y cuando por fin lo consiguió emprendió la subida de las escaleras que conducían a su modesto apartamento a trompicones, tropezando incluso en un par de ocasiones, hasta llegar casi asfixiado al cuarto piso. De nuevo la mano temblorosa de Warren le impidió introducir la llave a la primera, y cuando por fin estaba dentro de su apartamento, encendió rápidamente su equipo de música, y con mucho cuidado sacó el contenido de la bolsa que parecía llevar una eternidad pegada a su cuerpo. Depositó con un cuidado extremo, casi enfermizo, el círculo de plástico negro en el giradiscos, y cuando ya se disponía a pulsar el botón para que este comenzase a sonar, su brazo quedó petrificado.
Allí seguía inmóvil Warren, tres horas después, sin poder mover ninguno de sus músculos, como si su cuerpo hubiese dejado de obedecerle. Cuando por fin consiguió salir de aquel estado, se dispuso a guardar este preciado objeto de nuevo en su funda y a depositarlo en la parte superior de la estantería del salón, sabiendo que en lo sucesivo jamás podría eludir su inquietante mirada.
Dos años después salió a la venta.”
R. Quintana Heras